Nobleza Obliga

Texto curatorial completo de la exposición "Nobleza Obliga" 

por: Julia Buenaventura

Para costear las bodas de Carlos II de España, fueron vendidos 35 títulos nobiliarios. Ni los valores pactados ni las genealogías de los compradores se encuentran en unas actas que esconden más de lo que revelan. Sin embargo, sabemos que muchos de estos títulos costaron menos de treinta mil ducados, noticia que nos dan las cartas enviadas una década más tarde, 1692, a cada uno de los clientes, advirtiéndoles que, si no pagaban la suma diferencial, los títulos adquiridos pasarían a ser de carácter vitalicio y no perpetuo, es decir, no podrían heredarse a los familiares. Aun cuando los nuevos nobles recibieron la noticia con poco agrado, procedieron a pagar a un reino que, de tanto oro recibido, sólo cosechaba deudas.

Llama la atención el nombre de la moneda: ducado, pues revela una curiosa tautología. Con treinta mil ducados podías comprar un ducado, esto es, ser duque, el máximo título en la escala jerárquica de aquellos que no pertenecen a la familia real. Duques, marquesas, condes, vizcondes, baronas y, por último, señoras y señores.

Hoy en día, como advierte la revista Vanity Fair, escuchamos un clamor dirigido a Felipe VI de España, pidiéndole que conceda algún título en la corte a Rafael Nadal, ya que ha ganado veinte títulos del Gran Slam, pero parece que el rey ha hecho oídos sordos a estas súplicas.

En la última década, Escocia se ha posicionado en el panorama de la oferta internacional como una industria de títulos nobiliarios. De cualquier forma, pienso que no le deberían llamar “industria” a esa porción de mercado, pues resta abolengo a la generosidad única de un pueblo en conceder títulos a personas que, aun gozando de infinitas fortunas, no podrían acceder de otra manera a una denominación tan codiciada. Los títulos, cuyo valor está entre los 90.000 y los 95.000 euros, incluso, se pueden comprar sin tierra, lo que los hace prácticos y sustentables. Ahora bien, hay excepciones como la presentada en 2002, año en que fue vendida la Baronía de MacDonald por 1,2 millones de euros, baronía cuya adquisición involucraba el compromiso de reparar un castillo.

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Antes del siglo XIX, cuando Napoleón dio un remezón en el sistema para luego autoproclamarse emperador y comenzar una nueva cadena de jerarquías, ser noble tenía una serie de privilegios divididos entre honoríficos y provechosos. Paso a hacer un breve resumen. Los nobles eran los únicos que podían tener feudos titulados y gozar de preeminencia en las ceremonias; sólo podían ser juzgados por otros nobles, estaba terminantemente prohibido azotarlos, colgarlos o decapitarlos; tenían acceso a los cargos más altos, gozaban del derecho a cazar en los dominios del rey, estaban exentos de servicio militar y, por sobre todo, exonerados de pagar impuestos.

Si bien, en las Audiencias Indianas, la venta de títulos nobiliarios estuvo presente, la práctica principal consistió en la venta de cargos públicos. “El proceso de ventas había comenzado tímidamente en 1581, cuando el Consejo de Indias solicitó información precisa sobre el número de plazas que podían venderse en Quito y sobre el precio que podían alcanzar […] en 1591 se inició la venta de regidurías a gran escala y se autorizó al virrey no sólo a vender, sino a acrecentar diversos oficios públicos entre los que se encontraban regidurías, alguacilazgos, alferazgos, etcétera, todo ello con el fin de obtener nuevos recursos para la financiación de la Armada del Mar del Sur”  [1] .

 

La similitud entre la venta de títulos nobiliarios y la venta de cargos públicos brilla como el mismísimo bronce. Los unos tenían el privilegio de no pagar impuestos, los otros la facultad de cobrarlos, fuera para costear un matrimonio, fuera para sufragar una guerra.

 

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En sus Memorias póstumas, el finado Bras Cubas recuerda la época de Napoleón, vista desde la entonces capital del reino, Río de Janeiro:

 Cuando yo nací, Napoleón estaba en todo el esplendor de la gloria y del poder, era emperador y ya se había captado enteramente la admiración de los hombres. Mi padre, que a fuerza de convencer a los demás de nuestra nobleza, acabó por persuadirse a sí mismo, alimentaba contra él un odio puramente mental. Eso era motivo de reñidas contiendas en nuestra casa, porque mi tío Juan, no sé si por espíritu de clase y simpatía de oficio, perdonaba en el déspota lo qué admiraba en el general, mi tío el canónigo era inflexible con el corso, los demás parientes se dividían; de ahí́ las controversias y los enojos.

Al llegar a Río de Janeiro la noticia de la primera caída de Napoleón, hubo naturalmente en nuestra casa gran agitación, pero no se oyeron zumbas ni palabras picantes. Los vencidos, testigos del regocijo público, juzgaron más decoroso el silencio; algunos fueron más allá́ y batieron palmas. 

[…] 

No se contentó mi familia con tener una participación anónima en el regocijo público; creyó oportuno e indispensable celebrar la destitución del Emperador con una comida, y tal comida, que el ruido de las aclamaciones llegase a los oídos de su Alteza, o cuando menos de sus ministros. Reapareció toda la vieja vajilla de plata maciza, heredada de mi abuelo Luis Cubas: salieron a luz los manteles de Holanda, las grandes jarras de la India; se sacrificó un capón, encomendáronse a las madres de la Ayuda las compotas y mermeladas; laváronse, aereáronse, limpiáronse las salas, las escaleras, los candelabros, las arandelas, las grandes campanas de vidrio, todos los enseres, en fin, del lujo clásico.

 

[…]

 

En el intervalo de las glosas, corría un rumor alegre, un palabreo de estómagos satisfechos; los ojos dormidos y húmedos, o vivos y cálidos, desperezábanse o recorrían la mesa; de una punta a otra, atiborrada de dulces, y frutas […] Un sujeto; cerca de mí, daba a otro noticia de los negros jóvenes, que estaban por llegar, según cartas que recibiera de Loanda, una carta en que un sobrino suyo le decía que ya había negociado cerca de cuarenta cabezas y otra carta en que… La traía precisamente en el bolsillo, pero no podía leerlas en aquella ocasión. Lo que aseguraba es que podíamos contar sólo en aquel viaje, con unos ciento veinte negros, por lo menos [2]

No sobra agregar que el autor de Memorias póstumas, Machado de Assis, fundador de la Academia de Letras de Brasil, era mulato, nieto de esclava. Los fotógrafos tenían que vérselas para aclarar la piel de un autor cuya mordacidad no ha dejado de retumbar hasta nuestros días.

Diez y ocho años después de la cena que tiene lugar en la casa de los Cubas en Río de Janeiro, Francisco de Paula Santander vuelve a Bogotá tras un exilio de cuatro años, en el que se ha aficionado a la repostería y las costumbres francesas. Y vuelve acompañado del sobrino de Napoleón, un tal Pedro Napoleón Bonaparte, joven de 17 años, a quien Santander concede precipitadamente el título de Sargento Mayor de Caballería, y digo precipitadamente pues cuando llegan a Bogotá, es advertida una cláusula constitucional según la cual no es permitido otorgar cargos del ejército a personas extranjeras. 

Justo antes de llegar a Bogotá, desde el municipio de Vélez, Santander escribe una carta a su hermana.

 

Mi amada Josefita,

Por mí solo nunca pensé apearme en otra sino en tu casa, porque eso era regular y justo […] Sin embargo, los extranjeros son tan delicados y Bonaparte está acostumbrado […] yo iré a tu casa y Bonaparte irá a la de Montoya convidado por él mientras yo me traslado al palacio. […] Deseo mucho que Bonaparte haga buen concepto de Bogotá y de nosotros y por tanto voy a advertirte lo que haz de hacer según se usa en Europa. Nosotros somos de mesa 16 personas: el lujo en Europa consiste más en el servicio de la mesa que en la comida, por lo cual debes preparar manteles (roto)… para lo demás, copa grande para agua… larga para el champaña. Manda hacer buen pescado si se encuentra, pastelitos… un pavo bien asado y ensalada. Con esto basta. Dos o tres postres solamente, dos o tres dulces y frutas. Café después. Mis criados saben servir y disponer la mesa. La profusión que se acostumbra en nuestras comidas es chocante a los europeos y costosa. Tú debes asistir a la mesa con nosotros y componerte como si fueras a un baile.

[…]

 

Hasta dentro de ocho días en que te abrazará tu amante hermano,

Francisco de Paula Santander

Dos días después de la cena, Pedro Napoleón Bonaparte emprende el camino de vuelta.

*

 

La última vez que fui al estudio de Adrián Gaitán, había unas carcazas de palma que ocupaban un buen tramo del piso. Las había traído desde la Jiménez, me imagino que arrastrándolas por la calle para, después, subirlas por las escaleras de un edificio —cuya demolición fue postergada a causa de una familia de ocupas que no han podido expulsar— y, entonces, acomodarlas en el único lugar que daba los metros de su extensión, el corredor. Observé que, en el interior del apartamento, parecían mucho más grandes de lo que se veían en la calle. Adrián me dijo que me acercara para percibir su carácter aterciopelado. Me acerqué bastante, y entonces descubrí que, en efecto, tenían la textura del terciopelo. Y quedé perpleja, ¿cómo había notado esa particularidad en la superficie de esas palmas rudas y marchitas?

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Tras ver el fino calado del papel —costal, talego, saco— de colgadura que divide el espacio de la galería en la exposición Nobleza obliga, no he podido dejar de advertir los bajorrelieves de volutas y arabescos que, en nuestros días, son propios del papel toilette. Los observo y me pregunto, ¿será que esto es lo único que queda de la corte?, pero en el acto me acuerdo de la última reforma a la Constitución española sobre títulos nobiliarios, realizada apenas en noviembre de 2006. Todo por causa de una disputa entre hermanos. Entonces la hija mayor de una marquesa con residencia en Cádiz y vinculada a Sevilla, interpuso una demanda para retirar el título que su madre le había otorgado, en vida, a su hermano. Decisión que contradecía una constitución civil defensora de la igualdad de género. Tras la demanda, se hizo la modificación en el código. Así, en adelante, los títulos serán heredados por los/as primogénitas/os y no por los varones.

Asunto que, no obstante, me ha dejado confusa: ¿no es el título nobiliario en sí una cuestión de carácter patriarcal?, el lema de la igualdad de la mujer en cuanto a los títulos nobiliarios me parece una contradictio in terminis tan bella como los calados y volutas grabados en la superficie del papel toilette.

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Hay una sala dentro de la sala. La línea ondulante sigue el dibujo de esas trampas de arena que aparecen como islas en la extensión monocromática y uniforme de un campo de golf. La división adentro-afuera está realizada por algo que parece un gran tapiz de la corte de Luis XVI, no digamos de Luis XIV [3]. Sin embargo, cuando te acercas, adviertes que el calado está hecho en tela de costal sintético, el mismo que utilizan para las obras negras. Lona barata cuyas bolsas soportan hasta 50 kilos. La rudeza del material contradice la delicadeza del ornamento, pero, aun así, consigue llevarlo con hidalguía. La lona ha adquirido su título de nobleza.

Es posible espiar por las ranuras de esa lona, asomarse para saber qué pasa adentro. Si uno se arrima, tal vez lo dejen entrar al restricto número de los elegidos. El suelo está conformado por losas con diseños geométricos. De nuevo, sólo basta acercarse para notar que se trata de tierra entre amarilla y marrón con cuatro picas dibujando una cruz. Simple tierra pisada y, sin embargo, da recelo poner los pies en la superficie, no vaya uno a echarlo todo a perder.

Una franja verde cierra el contacto de la lona con el piso. La franja está conformada por plantas que siguen un jardín interior cuyo orden aprendimos de Versalles. De nuevo, es sólo acercarse: se trata de kalanchoes, arvenses tan pobres que fue difícil encontrar su nombre. Esas sí carecen de título: sinvergüenzas, malezas de tejado, fuscas, siempre combatidas, arrasadas, exterminadas, pero jamás vencidas.

La instalación demarca claramente un adentro y un afuera. El límite del poder, el límite de la gloria, el límite del dinero. Y con tal límite parece revelarnos el enigma de sus brillos: gloria, poder y dinero no son más que límites. Fronteras sociales, muros reales.

Una lámpara clásica de cristal antiguo está hecha con bolsas de té usadas; su belleza es delicada y su resplandor melancólico. La elegancia del pasado se despliega en el presente, como un tiempo acaecido. Los hilos de los que cada bolsa está suspendida configuran un telar sin trama, bastaría un temporal para enredarlos y echar todo por la borda. El olor de esa lámpara, a té, resulta tan delicado como su misma factura. Un piano de cola del siglo XVIII está elaborado con colchones viejos o envejecidos, jergones de pobre que sobresalen por sus rosadas flores decorativas. De una cómoda partida por la mitad a hachazos —la violencia se deja ver en sus rajaduras—, surge una especie de gusano, arco-bicho construido con las palmas aterciopeladas traídas de la Jiménez.

Para este texto he desplegado un gran abanico de adjetivos. La Real Academia de la Lengua, España, RAE, me ha sido de gran ayuda. Me acuerdo de cuando, hace unos 20 años, la RAE decidió sacar a la letra ch del diccionario, para meterla en el maletín de la c. La ch, entonces —consulten los diccionarios antes del 2001—, pasó de ser una letra a convertirse en un dígrafo, lo que, dígase lo que se diga, tiene menos jerarquía. No sé bien qué motivó una decisión que supuso un golpe tan duro para los que estábamos de este lado del océano. Cuántas palabras nuestras inician por la ch: chicha, charro, chavo, cholo, chusma.

Pero vuelvo a los adjetivos, a los que no suelo recurrir con tanta euforia, para explicarme antes de que el texto acabe: la exposición Nobleza obliga es una serie de adjetivos hechos de sustantivos. El ornamento ha tomado el papel del sujeto, ¿o al revés? Los materiales son groseros, las formas son elegantes. Los materiales son verdaderos, las formas son falsas. Nobleza obliga de Adrián Gaitán es una gran mentira construida de verdades. Tal como el dinero, tal como el poder, un montón de papeles sellados y firmados que no significan nada en sí mismos, pero que atesoran, por consenso colectivo, horas, días, meses, años, siglos de trabajo humano. Las picas en el suelo revelan el contenido. 

Hoy en día, la compra de un título de nobleza resultaría un acto risible. Máxime en Escocia, en donde la adquisición otorga el derecho de anteponer al nombre el vocablo Lord/Lady, considerado —véase Vanity Fair [4]— de mal gusto si la lengua del comprador es el castellano. En suma, adquirir un título de nobleza en la actualidad es exponerse al ridículo, tal como le sucedió al burgués gentil-hombre de Molière que, a falta de un título francés, se conformó con pertenecer a una realeza árabe, sin darse cuenta de que aquellos que se hacían pasar por la corte de un príncipe musulmán, no eran más que bufones de una compañía de teatro pobre recién llegada a París. Sin embargo, a falta de títulos, tenemos el arte. Adquirir una buena colección de arte es difícil y requiere no sólo de dinero —eso lo damos por descontado— sino de gusto. Ahora bien, si se carece de esta última competencia, es necesario contar con la discreción (difícil en alguien que justamente pretende subir en la escala) para dejarse guiar en las elecciones.

Una vez superados los obstáculos, el camino de la ascensión está abierto. La posesión de obras, por lo general incomprensibles, actuará como un título de nobleza destinado a abrir el cerrado círculo de los que (se supone) las entienden, mientras su mantenimiento y exposición pueden contribuir en la exención de impuestos, privilegio máximo de los allegados a la Corona. 

Hay dos accesos al interior de Nobleza obliga. Repito, si nos arrimamos bien podremos pisar un suelo que se encuentra unos centímetros elevado ante el otro, el normal, el que está afuera. Todo en la muestra Nobleza obliga es verdadero: la tierra, la lona, las picas, las tablas, los colchones, el té. Todo en Nobleza obliga es falso, el tapete, las fronteras, las columnas, el piano, el cristal. Adrián Gaitán ha construido una mentira con verdades, pero ¿de qué otra cosa están hechas las relaciones sociales?

Una de las piezas de la muestra consiste en una pica a la que se le ha cambiado la parte de hierro por un par de zapatos elegantes de alguien pobre. Un campesino que se ha vuelto proletario en la ciudad. Adrián me dijo que la obra le recordaba a Jorge Eliécer Gaitán. Me ericé. Pensé en el busto de Gaitán en el barrio La Perseverancia en Bogotá, pequeño, hecho en cemento y pintado de colores. La piel de ese Gaitán es cobriza como lo era él mismo. Y pensé: toda persona que intente darle la vuelta al juego ha de ser ejecutada.

Es amarga la verdad; es hermosa la mentira. Sólo lo falso necesita de títulos de autenticidad, de firmas o de sellos: los grados, los honores, el arte y el dinero, la propiedad de la tierra y de los hombres.

1 Pilar Ponce Leiva, “La venta de cargos municipales en Quito en el siglo XVII: consecuencias políticas y dinámicas sociales”, en: Francisco Andújar Castillo y María del Mar Felices de la Fuente (eds.), El poder del dinero. Ventas de cargos y honores en el Antiguo Régimen, Madrid: Siglo XXI, 2011
2 Machado de Assis, Memorias póstumas de Blas Cubas, trad. Julio Piquet, Montevideo: La Razón, 1902.
3 Sobre el estilo Luis XVI, diferente al de Luis XIV, véase: https://www.hisour.com/es/louis-xvi-style-29327/ (Última consulta, marzo 31 de 2021).
4 “Cómo conseguir un título nobiliario si no has nacido en buena cuna”, en Vanity Fair, https://www.revistavanityfair.es/poder/articulos/como-comprar-un-titulo-nobiliario/27068 (Última consulta, marzo 31 de 2021).